VIGO
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Hoy, aquel encaje pensado para adornar un hogar o un camisón, se transforma en un collar que adorna la piel de una mujer. Un puente entre lo íntimo y lo visible, entre lo que un día fue cotidiano y lo que hoy es arte.
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Vigo,
Hace cincuenta años, en una fábrica textil de Vigo, se tejían encajes de algodón con un dibujo de rombos perfecto. Eran tiempos en los que el algodón era sinónimo de calidad, y cada diseño estaba pensado para acompañar la vida cotidiana: ropa de cama, camisones, detalles suaves y duraderos que hablaban del cuidado en lo simple. Aquella zona de Vigo, hoy silenciosa, fue durante décadas un referente del arte textil gallego.
Cuando la fábrica cerró, muchos de esos encajes quedaron guardados, como pequeños testigos de un oficio que desaparecía. Años más tarde, un hombre que conocía mi trabajo los conservó con cariño, sabiendo que algún día podrían renacer. Y así fue. Entre sus manos y las mías, esos encajes de algodón 100% encontraron un nuevo destino.
Al descubrirlos, me impresionó su calidad y la precisión de sus formas geométricas: rombos perfectamente tejidos, regulares, llenos de equilibrio. Decidí darles una nueva vida, transformando parte de ese legado en una joya contemporánea. Cada fragmento fue cuidadosamente cortado y teñido en un rojo profundo, un color que representa la fuerza, la pasión y la vitalidad que late en toda historia que se niega a morir.
Hoy, aquel encaje pensado para adornar un hogar o un camisón, se transforma en un collar que adorna la piel de una mujer. Un puente entre lo íntimo y lo visible, entre lo que un día fue cotidiano y lo que hoy es arte.
Este collar guarda en sus hilos la memoria de una fábrica, de quienes trabajaron en ella y de un saber que merece perdurar. Es una joya con alma gallega, nacida del recuerdo y renacida en color, símbolo de la belleza que solo el tiempo —y la transformación— pueden revelar.











